EL ORIGEN DE LA IMÁGEN QUE LE DIO ROSTRO A MALVERDE

  • El capellán, un funcionario federal, un dibujante, dos periodistas y un impresor fueron parte de la verdad oculta

Xicoténcatl Barajas 

Para construir su magna obra sexenal, lo que hoy es el Palacio de Gobierno del Estado, el gobernador cetemista Alfonso Genaro Calderón Velarde se vio en la necesidad de limpiar los alrededores de lo que fue la colonia “La redonda”, barrio conocido por sus peligrosos callejones y pintorescos personajes del bajo mundo de esa época, aunque también, fue un asentamiento de familias modestas y humildes, dedicadas en su mayoría a los trabajos que ofrecía el ferrocarril.

Cuando ese predio se transformó, el cenotafio de Malverde, “el bandido generoso”, estaba ubicado donde ahora se encuentran una taquería de mariscos y una conocida financiera por la calle 16 de septiembre, sin embargo, tuvo que ser removido a su actual ubicación, pues los terrenos tuvieron que venderse para así recuperar parte de la inversión que se hizo para la construcción del edificio que albergan los poderes del ejecutivo estatal, adoptando esa zona, el nombre de Centro Sinaloa.

Para eso, y no tener conflictos con los fanáticos que ya adoraban la leyenda de Malverde, que para esas fechas de finales de los años 70 y principios de los 80 carecía de un rostro que le diera identidad, el socarrón mandatario estatal a su muy peculiar estilo de gobernar le propuso a Eligio González – un ex policía judicial que había sido balaceado – que se hiciera cargo de la capilla que les construyó a los fervientes y, a cambio, le dio rienda suelta para que administrara las limosnas que ya empezaban a caer a las arcas de manera copiosa.

“¡Mira cabrón, te voy a mandar a cuidar la capilla del “bandido generoso”, ahí te vas atascar las bolsas de billetes con las limosnas!”, le habría dicho con su efusivo tono de voz el mandamás de Sinaloa.

Y así, Eligio se hizo cargo del lugar y se convirtió en el capellán, pero a un le faltaba algo que hiciera más creíble el mito del bandolero que fue colgado en un árbol a finales del siglo 19 cuando el porfiriato tenía asediados a los malhechores como a Heraclio Bernal y a “Chucho El Roto”.

Fue entonces que a Eligio se le ocurrió visitar al periodista Jorge Medina León, quien fue dueño de un periódico vespertino de la capital sinaloense titulado: “La verdad”, que se ubicó por la calle Juan José Ríos, justo en una vecindad en la que tenía la imprenta rudimentaria manejada por “Chema” Cordero, un ex trabajador de intendencia de la Universidad Autónoma de Sinaloa y, que a la postre, se convirtió en el rey de las artes gráficas.

En los patios de ese vecindario de mala muerte, debajo de un árbol de pingüica solían refrescarse con espirituosas bebidas ambarinas Don Jorge y amigos, estando presente un día el también periodista, Agustín Barajas Zambrano y el mismo impresor, cuando de repente y muy apresurado llegó el capellán, Eligio González para pedirles que le hicieran la impresión de una estampilla o algo similar para repartirlas y pedir el diezmo como en la iglesia.

Al escuchar tal osadía, “Chema” Cordero le dijo que sí se podía, que le llevara una foto para hacerle el grabado y la impresión, respondiéndole Eligio: “¡mira chemita, de ese amigo no había nada, nadie lo conocimos, Calderón me mandó para allá a cuidar la capilla; pero yo no sé ni madres de él!”

“¡Yo te la consigo!”, le espetó de inmediato muy serio el impresor nativo de Badiraguato, quien le pidió a un inquilino de la vecindad apodado “Pancho” Villa que era mesero y dibujante, que le hiciera un retrato hablado en tinta china con las características de un ranchero, pero casi tirándole a Santo, tal y como había acordado con Eligio.

Los días pasaron y el dibujante le entregó la pieza a “Chema”, quien sorprendido de los detalles y la calidad del dibujo le expresó: ¡épale cabrón, lo hiciste muy bonito!, respondiendo el caricaturista: ¿y dónde has visto santos feos pendejo?

Así, la impresión masiva de la imagen se empezó hacer desde ese momento y se propagó de manera profusa hasta la fecha, alcanzando una fama mundial insospechada que tan solo la Santa Muerte le ha podido hacer competencia.

Con los años, y antes de fallecer, el dibujante le confesó al impresor que el verdadero rostro que hoy se conoce como Malverde y que él imprimió, es nada más y nada menos que el vivo retrato del ex delegado de la extinta Secretaría de la Reforma Agraria, ingeniero Carlos Mariscal Elizalde, bohemio de afición que fue amigo personal de quien con sus trazos le dio rostro a “el bandido generoso”. 

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